EL FIN DE LA HISTORIA


Para morir donde ruge el cosmos, hemos venido.

El mínimo orificio de la duda perdura sobre el hombre con su muerte
para ver si acierta un sólo hueso que lo una,
en el rumor equívoco de la edad, a esa vida.

Al enorme ruido de las aguas escondidas en sus llenos y vacíos
no puedes volver.
Te hundes, en cada cual y en cada uno, pero no en las aguas.

¿Qué pasó contigo? ¿Conmigo?

Suena un disparo en la ciudad desocupada
mal herida vieja iluminada,
hasta el quebranto interminable
y perduran las pisadas en un concierto de relojes repicando.

Un pájaro-raíz busca la verdad de todo aquello
y la piel,
la nuestra,
que presentía su problema redondo,
odia rutinariamente.


¿Qué hicieron conmigo?
¿Y contigo; qué hicieron?



Entrando al sonido de la confusión se nos duplicó el terror
y un horrible ensueño de perfección nos arrancó de cuajo el tiempo
para hacer de nuestra grieta,
un animal opaco y triste riéndose de nada.

Somos
desesperados
desgastados fragmentos desprendidos
de la ceniza lenta de la noche
concebida por fantasmas del lado oscuro de las sílabas
viviendo en los sueños de algún otro. Para eso hemos nacido.
.
.
.